Y bajó del monte envuelto en una nube con dos tablas de piedra, una debajo de cada brazo, y entre las diez inscripciones había una que rezaba: NO CONVOCARÉ A UNA ASAMBLEA CONSTITUYENTE. Era el año 2018 de nuestra era. Muchos parecieron acatar los mandamientos, posaron frente a las cámaras, el proverbial Antanas y la deletérea Claudia, sosteniendo sendos empedrados; pero al omnipotente esto debió parecerle ridículo y los castigó. En esa ocasión no habría tierra prometida, ni cetro ni corona.
Fueron condenados a sufrir bajo el gobierno de un gordo mofletudo con nariz de puerco. Qué le vamos a hacer, el dios del testamento más viejo es caprichosamente sabio. En el 2022 no hubo inscripciones en piedra. Petro entendió claramente la voz de dios, es decir, la voz del pueblo. Regir para los pobres fue la consigna y no tardaron en brincar lo iscariotes, los que se cubren bajo el velo de la prudencia porque los cambios abruptos les producen miedito. Fue lindo ver a lo largo del mandato cómo se bajaba del tren el petardo de Alejandro Gaviria y demás fariseos.
Ya no había disfraces de Moisés o inscripciones en piedra. El gobierno del cambio, como era de esperarse, empezó a sufrir todos los estorbos habidos y por haber. Reformas sociales hundidas una, dos y tres veces en el congreso. Decretos de emergencia esperando los extensos debates en la oscuridad de una gaveta.
Los opositores son, cómo no, los insignes doctores becados por Colfuturo, incapaces de escribir ellos mismos los argumentos de sus olvidadas tesis. Toda esa caterva que posan de prudentes y que ven en el cambio un desorden. Qué esperaban, diría una amiga, todo buen cambio necesita de una gran agitación. Ha valido cada bendito minuto de gobierno ver renunciar a funcionarios temblorosos y, mejor, verlos expuestos en vivo y en directo en cada Consejo de ministros por no ir en pos de los humildes. Ha valido la pena ver a un gobierno levantándose en dignidad frente a los gringos, que ha defendido la soberanía y que ha hecho brillar la justicia. Y que también ha permitido que se pudra lo que tenga que pudrirse, como ese anticuado y corrupto sistema de salud, al que han preferido exprimirle la teta hasta el último momento, en lugar de aceptar, de una vez por todas, que se reforme.
Déjenme subir al monte, martillo en mano, con la bendita tabla de los mandamientos de Antanas Mockus para dejarla hecha escombros. Para después volver exhausto y firmar con mayúsculas y tinta indeleble un SÍ A LA CONSTITUYENTE, porque vale contradecirse cuando es por el bien del pueblo, hasta el que dijo que no venía a abolir la ley, sino a cumplirla, sanó enfermos un sábado por la tardecita.





