El constructo teórico de la pedagogía peca de ser romántico, idealista y, en peores casos, utópico. Con la teoría pedagógica ocurre lo mismo que con los estudios de la poesía, se vuelve útil en el sentido en que sirve como ejercicio metacognitivo. Se da vueltas en una espiral que se precipita, que desciende, se profundiza, se agudiza y se vuelve una constante reflexión, un mirarse a sí mismo; sin embargo, en ese palabrerío cada vez más técnicamente humano —y en el oxímoron está el detalle— también se pierde. Mucha cavilación se vuelve ensoñación.
La pedagogía, entonces, es esencialmente práctica. Y nunca me había convencido tanto de esto como cuando empecé, hace algunos años, a enseñar pedagogía. Ejerciendo la docencia se corrobora el valor práctico, pero enseñar a enseñar es una constante lucha por no convertirse en un sofista.
Cada acercamiento a la teoría pedagógica debe hacerse con atenta crítica y hasta con una pizca de escepticismo. Hay que creer en la pedagogía sí y solo sí ha sido medida y pasada por la realidad.
El 16 de julio, mientras la ciudad debía festejar la fiesta de la Virgen del Carmen, comprobé que las festividades religiosas son cada vez más moderadas. Fue un miércoles en el que me hizo falta el rumor de las procesiones y el canto agudo de las señoras más creyentes. La fe, y no descubro nada con esto, está debilitada en esta generación. Otra fe, sin embargo, sentí ese día: la fe en la educación.
Quizás exagero, no quiero, de repente, sentirme engañado como el profesor que cree que está cambiando el mundo. Solo quiero homenajear a un grupo de muchachos y muchachas que convirtieron el salón de clases en un espacio para hablar a carta cabal sobre las realidades de la educación, la necesidad de sensibilizarnos y el poder de razonar críticamente.
Bajando las escaleras, en el ascensor, en los pasillos se seguía hablando de los temas de la clase. Coincidimos un grupo en el parqueadero, nadie parecía querer irse. Se unían al debate algunos que nos vieron en el fragor de la discusión. No faltaba la pasión, la sinceridad, la risa y también la mesura, la sensatez. La despedida fue sentida, como quien descubre lo humano por vez primera. El cariño y el respeto nos hizo despedirnos con afecto.
Ese día volví a casa más reflexivo que nunca. Había olvidado que debía cenar y dormir temprano. El debate había durado media hora más entre las escaleras y el parqueadero. Yo estaba, sin embargo, conmovido por todo aquello. Era evidente que había aprendido más que todos mis alumnos. Ya sin hambre y sin sueño por tanta emoción, tomé el computador y empecé a escribir este texto que no es más que una manera de retener aquel momento, de impedir que el olvido me lo arrebate; y, sobre todo, es una forma de decirles a los de ese grupo, con absoluta franqueza y aprecio, muchas gracias.





