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Canícula monteriana

El inicio de la tarde es una hora clave en el caribe. A mí, particularmente, me gusta la noche de cualquier ciudad. Y la noche sin ciudad. La noche, mejor dicho, no es comparable. A otros les gustará el crepúsculo, como a los poetas, por ejemplo; pero como los poetas ya no existen, ese placer ha sido reservado para los instagramers.

Hoy he pensado en ese momento en el que el sol empieza a declinar, una o dos de la tarde, un lapso en el que las ciudades caribeñas se calientan intensamente y los hogares se llenan de hastío. El calor sofoca en el caribe por igual, pero en Cartagena, Barranquilla y Riohacha siempre hay una brisita que silba, un mar que ronronea a lo lejos. En Montería, en cambio, la canícula es estática. No hay polvillo revoloteando ni pelusillas incómodas que amenacen entrar en el ojo luminoso que declina. El sol baja tuerto, observador.

En las casas, mientras tanto, no hay más remedio que el sosiego, el ruido monocorde de los aparatos, el movimiento sutil de una mecedora o de una mano que se abanica. El Sinú – a   diferencia del mar que salpica, que se choca contra la costa, que se yergue buscando atención como la pollera en el baile – cruza con indiferencia, silencioso, con sus aguas turbias como cortinas de lo que arrastra.

El sol va, el río va. Lo demás es la vida contenida en un sopor. Volví hace una semana a Montería y descubrí que me hacía falta ese momento del día, el sol agresivo que solo da dos opciones: maldecirlo o saberlo soportar en la sombra. Yo elijo un día una cosa y un día otra. Lo que sí descubrí es que el pensador monteriano se forja entre la una y las tres de la tarde, cuando el sol acalla al hablador, dormita al trabajador y vuelve lúcido al pensador; o, como decía mi abuela, lo pone con el ojo largo.    

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