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Conspiración contra Bertilda: en busca de la palabra precisa

La literatura roza el arte cuando logra precisar un sentimiento a través del lenguaje. Por eso, quizá, pocos hacen arte con palabras. Por eso no todo lo que se ofrece como literatura es arte real. Y esto no es malo, como se podría creer. Esto nos deja, eso sí, en medio de millones y millones de páginas y libros que pretenden ser arte. Pero también nos deja, cuando el escritor es un hombre riguroso, al frente de una irremediable utopía: el mejor cuento, la mejor novela, el mejor poema es el que estoy escribiendo ahora, nunca el que ya escribí.

En esa búsqueda constante de la palabra precisa para describir los sentimientos y las sensaciones humanas está enmarcada la novela Conspiración contra Bertilda de Nelson Castillo. La novela cuenta, sin que contar sea su intención principal, la vida sentimental de Bertilda que es al mismo tiempo la suma de sus ilusiones y fracasos. Para contar la historia de Bertilda no se recurre a la acción consecutiva de hechos, sino a la minuciosa descripción y reflexión de sentimientos. Y en eso consiste la búsqueda de Nelson Castillo en su novela: página tras página persigue y encuentra las palabras que describan la atmósfera del pueblo de Lorica y del barrio Arenal, busca los adjetivos precisos que logren desentrañar lo que el personaje de Bertilda siente, busca la reflexión diáfana que precise entender el dolor y la desesperanza de la mujer enamorada.

Esa sensación de ahondar en los sentimientos a través de las palabras puede ahogar a un lector inexperto o dejarlo confundido entre el aluvión de descripciones y reflexiones que apartan la acción narrativa o que la supeditan a los sentires de Bertilda. Sin embargo, el lector avezado reconoce claramente la propuesta estética del novelista y empieza a cabalgar en las páginas. Porque hay que decirlo de una vez: si esta novela merece ser leída —como yo creo que lo merece— es porque tiene una propuesta estética clara que pasa primero por el uso del lenguaje literario y después por la técnica narrativa.

Hay que entender el lenguaje literario a la vieja usanza, es decir, como un lenguaje que busca expresar belleza a partir de la exploración de todas sus capacidades retóricas y expresivas. Y la técnica narrativa se constituye en un collage de voces, de rumores que van aconsejando, chismorreando y conspirando.

Este collage de voces no es fortuito y conecta con una clara comprensión de la dimensión sociológica de las gentes del Caribe: entre muchas cosas, el Caribe es rumoroso, es conspirador, es festivo, es lujurioso. Y todos estos matices aparecen en la novela a través de las muchas voces que asumen el rol de contar las pasiones y los sentires de Bertilda.

Sabemos más de Bertilda a través de lo que otros dicen sobre ella que a través de lo que ella misma dice de sí. Todos esos rumores, todas las voces que se van alternando, desacomodan al lector y lo ponen a buscar la pista de los sentires y las pasiones. Porque, insisto, en esta novela no es importante lo que le pasa a Bertilda, sino lo que ella siente entre amores y desengaños. Y entonces, como esta es una novela de sensaciones, el novelista toma algunas trazas del Caribe —de Córdoba, de Lorica, del barrio Arenal—, entre los que podemos mencionar las fiestas de barrio, el calor hostigador del día, el machismo y la misoginia, el chisme demoledor.

Todas estas instancias aparecen en la novela no como trasfondo de la acción novelística, no como descripción sociológica, sino como pura fuerza poética a la que se llega, otra vez, por medio del lenguaje.

Conspiración contra Bertilda, de más está decirlo, es una novela sobre el amor y sus consecuencias. En otro lugar he dicho que todos los amores acaban en traición, en tragedia o en costumbre, que es también una forma de desilusión. Los dos amores de Bertilda —Gonzalo Amador y Lucho Martínez— acabaron en traición el primero y en tragedia el segundo. El primero le deja una marca de deshonra ante las gentes del barrio Arenal —ante los hombres más que todo— que confunden la pasión con la moral, y desde ese lugar juzgan a Bertilda y conspiran contra ella. El segundo amor —el de Lucho, el mecánico— profundiza la marca, pero ya entonces Bertilda es una mujer libre. El pecado la había liberado y solo la tragedia podía someterla nuevamente.

Los amores de Bertilda no son puros ni gozan de la bendición social. Sus amores son siempre furtivos, proscritos, de los márgenes. Por eso los encuentros transcurren en los moteles de las afueras de Montería o en los bailes populares de Lorica.

Los amores terminan en traición, en tragedia o en costumbre, repito. Y, aunque al terminar la novela solo vemos traición o tragedia, el lector queda con la sensación de que Bertilda, como las mujeres de antaño, preferirá siempre la desabrida costumbre de los días en un hogar —con su hombre y sus hijos— que la pasión furtiva y fugaz de un motel. Pero ya parece imposible porque tiene encima la marca indeleble del chisme, es decir, del lenguaje.

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