La ontología ha querido encontrar al ser ideal para cada época. Algunas veces ha estado cerca y ha sabido incorporar individuos acordes a las demandas de los tiempos cambiantes. Sin embargo, a causa de esa maleabilidad del tiempo, siempre llega el momento en que el hombre sucumbe. Cayó el razonador, el místico, el purista, el superhombre, el optimista y el pesimista. Y aunque es cierto que las sociedades las forman las diferencias o la pluralidad, a todos estos hombres, en algún momento de la vida, los tumba la tristeza, el desespero y hasta la enajenación.
Pero los hay de un tipo, hombres realmente indefinibles, cuyas características los hacen ser los supervivientes de todos los tiempos. Quizás alguno que otro existencialista estuvo cerca de describirlos. Pero no ha sido sino hasta ahora que los conocemos, acertadamente, como los valeverguistas. Hombres capaces de estar por encima de lo moral y lo inmoral, de lo bueno y de lo malo. Capaces de encontrar un nivel de emoción neutro y armonioso, en donde no los perturba ni la efímera felicidad, ni la depresiva tristeza.
Hoy más que nunca, cuando tenemos la certeza de que no hay solución posible contra los problemas que nos aquejan, la mejor forma de defensa es llegar al tope máximo de la evolución, lograr la estabilidad del alma mandando todo al carajo. Ser un perfecto valeverguista. Pero no es sencillo llegar a serlo, para ello debes seguir este decálogo:
- Crea en un maestro del valeverguismo —Sartre, Kierkegaard, Nietzsche o Camus— como en Dios mismo.
- Pierda la noción del tiempo. Un valeverguista no sabe qué día es hoy ni cuál será mañana, y mucho menos recuerda las fechas importantes.
- La puntualidad es sinónimo de interés. Procure llegar siempre tarde y, si es posible, duérmase en el evento.
- Cuando enfrente una discusión que se ha extendido demasiado, evite finalizarla con expresiones tenues como «no pretendo discutir más» o «entiendo, pero no estoy de acuerdo». Por el contrario, sentencie tajantemente pero sin exaltación con frases como «¡no me interesa!», «¡me importa un reverendo pepino!», «¡me importa un carajo!» o «¡me vale verga!» (según su origen y estrato social).
- Nunca muestre entusiasmo por saber las razones que aglomeran una multitud. Un valeverguista no chismorrea, su mundo exterior le es indiferente.
- Postergue todas sus actividades y, llegado el último momento, absténgase de realizarlas.
- No se escandalice por inesperadas situaciones de peligro como explosiones, accidentes o balaceras. La calma forja el carácter de un valeverguista. Y no le teme a la muerte por considerarla la calma perfecta.
- Muéstrese frío ante las demostraciones de afecto de los demás: si lo saludan, responda con la mano floja; si le hacen un chiste, sonría brevemente con una de las comisuras; si le toca asistir a reuniones familiares, fije su mirada perdida por la ventana. No abrace fuerte, no bese, no ría y nunca llore en público.
- Utilice el verbo cagar en sentido figurado para restarle importancia a las instituciones, las tradiciones y las figuras de poder. Recuerde cagarse en la navidad, en la iglesia, en la escuela, en el día de San Valentín, en el enemigo y su descendencia, pero, sobre todo, no olvide cagarse en el presidente y la madre que lo parió.
- Nunca preste atención a las instrucciones de un decálogo. Al fin y al cabo, a usted todo le vale verga.





