Miras al abismo y el temor de la profunda caída se apodera de ti; pero no imaginas caer al vacío, caes a tu pasado que te persigue. El pasado de un amor abruptamente truncado por la muerte. Esta parece ser la terrible situación de Scottie. o por lo menos la situación en la que deriva este personaje de la película Vértigo (1958) encarnado por el actor fetiche de Alfred Hitchcock, James Stewart.
El vértigo que sufre nuestro personaje es uno de los tantos elementos que permite el desarrollo de sucesos en el universo ficcional de la cinta. Es el miedo a las alturas el que involucra a Scottie en esta trama de amor y crimen, es su acrofobia que lo invadía hasta en los sueños la que lo lleva a ser internado en un psiquiátrico, es el vértigo —en definitiva — el que le impide salvar de la muerte a Madeleine y adjudicarse la culpa por siempre.
Vértigo no es una película vertiginosa. Es una lenta narración de encuadres bellamente simétricos, de una fotografía glamurosa y, sobre todo, de movimientos de cámara que se intensifican con el apoyo oportunísimo de la banda sonora. La música de Bernard Herrmann es para nosotros el 51% de esta película. De pronto la época o algunos vacíos del filme fueran más evidentes sin el apoyo sonoro. Con el perdón del director británico, pero, en Vértigo, Bernard Herrman es el verdadero rey del suspenso.
Al final, el afán por enfrentar el pasado o, deberíamos decir, el afán por confrontar el miedo a las alturas, van a llevar a Scottie a aclarar el misterio. Sube las altas escaleras de caracol con forma de espiral infinita (las formas que lo persiguen), titubea un poco, pierde el equilibrio, sin embargo, continúa. El pasado, para su desgracia, está condenado a repetirse.





