Las únicas críticas desfavorables que he leído sobre la película Un poeta de Simón Mesa son las que vienen de los poetas. De poetas reales y no de ficción cinematográfica, de poetas de carne y mierda como Santiago Rodas, por ejemplo, que ha escrito una larga crítica punzante en la revista Gaceta y que tituló ¿Dónde está la poesía de Un poeta? Pregunta que debería hacerse él mismo cada mañana cuando se pare frente al espejo.
¡Qué fastidio dan los intelectuales! Estos que dice internet que son poetas y escritores como Santiago Rodas y Carolina Sanín, que salieron corriendo a ver el estreno de la película Un poeta solo porque debieron pensar “al fin una obra cinematográfica que habla de nosotros”. Y qué dolor, qué dolor y qué pena debieron sentir al darse cuenta de que, según ellos, no había nada de poético.
Porque ellos sí saben qué es y dónde hallar la poesía. Carolina Sanín, en su videoanálisis, critica que no se esforzaron en escribir versos buenos para la supuesta autoría de los personajes de ficción. Ella es una crítica tan atenta y rigurosa que no pudo dejar de observar la falta de calidad que había en los textos de un personaje de una película que representa a una niña de trece años. Imagino que no compró crispetas para el cine para no distraer su agudeza crítica mascando maíz.
Santiago Rodas se atreve a escribir que la comedia de la película no es tal porque no logra, léanlo bien: hacernos reír de nosotros mismos. Permítanme explicarles semejante ridículo: se autonombra poeta y dice que la película no logra burlarse de los poetas porque él, que es un verdadero poeta, tiene muy claro qué sería burlarse de uno. Es decir, la película no logra hacer que los poetas nos riamos (se incluye con un golpe de pecho) de nosotros los poetas. ¡Cuánta falta de sentido del humor tienen, a veces, los payasos!
Tanto Sanín como Rodas solo demuestran lo narcisistas que son al hacer sus análisis, piensan en su arte que, por cierto, creen saber manejar y realmente no dominan. Salen en defensa de la poesía cuando son incapaces de reconocerla y menos capaces de producirla. Un poeta no es una película sobre la poesía, es una obra sobre el fracaso de los artistas y, ante todo, es una película sobre la paternidad. Es una película dinámica que mientras desarrolla al personaje de Óscar, el poeta idealista y sin talento, desarrolla al personaje de Óscar, el padre que ha perdido el rumbo por el alcohol y quiere restablecer la relación con su hija.
Se burla del ambiente de los escritores de Medellín (que puede ser el de cualquier ciudad de Colombia), de su patetismo y su fracaso. Casi nunca deja de ser divertida y solo no lo es cuando logra sensibilizarnos con el drama paterno. Su fuerte está precisamente en eso, en lograr sacarnos sonrisas y al tiempo lágrimas de ternura. Y si a los intelectuales no les conmovió ni les causó gracia, eso solo debe indicarnos que la película vale la pena. La burguesía siempre ha sido insensible y aburrida.





