Me dijo mi madre: la escena que más me impactó de Frankenstein es cuando la gente atacaba al monstruo porque creían que él le había hecho daño a ese viejito, tanto que él quería a ese viejo que lo trató como a un hijo. Procedió a darme una lección de vida: por eso no podemos juzgar a las personas por lo que vemos a simple vista, sin tener el contexto de lo que estamos presenciando. Entendí entonces que Frankenstein es una película aleccionadora.
Antes había intentado escribir este texto sin las impresiones de mi madre y me quedaba hablando de clichés. El cliché del mal padre que educa al niño, Víctor Frankenstein, que en el futuro es incapaz de comprender a la criatura como su padre no lo comprendió a él. El cliché del viejo sabio que ilumina al protagonista, como la tortuga en Kun Fu panda, como el señor Miyagi en las 500 películas en las que aparece. El de la mujer como símbolo de amor, pureza y sensibilidad. El del amor, el amor heterosexual, como dice el yutubero argentino.
Guillermo del Toro no tiene afanes por huir u ocultar estos tópicos tan trillados. Los deja ahí a propósito. Él quiere dejar la enseñanza sin ruborizarse por tanto altruismo (porque sí, parece darnos vergüenza mostrarnos buenos; mostrarse bondadosos hoy, es mostrarse débiles, lamentablemente). Por eso, a pesar de todo lo trillado que puedan parecer ciertas representaciones, la película logra conmover, logra impactar con su mensaje de esperanza y perdón. Lógicamente la acompañan las buenas actuaciones, un vestuario de época bien elegido, una escenografía que transporta y un juego de colores y símbolos que te hacen viajar a un mundo de creatividad propio de la imaginación de Del Toro.
Las reflexiones de la criatura cuando empieza a dominar el lenguaje son excelentes, a pesar de que el argumento de la película tenga poca fuerza. El cometido se cumple. Tal como me iluminó mi madre, las lecciones calan. No llegan a ser tan empalagosas o inverosímiles. Al final surge la esperanza. La ira y la violencia cesan. El amor se impone a la muerte. La bondad amanece. La criatura perdona a su creador, el creador se arrepiente cortando el ciclo de odio entre padre e hijo. Frankenstein es una invitación a la comprensión del otro, al autocontrol y, sobre todo, al perdón. Así que, hijos del mundo, la invitación es a que perdonen, perdonen a todos y perdonen a su padre ustedes que pueden.





