Hace ya ciertos años que yo era un estudiante de la licenciatura en Lengua Castellana. Por entonces, andaba con una estampa del doctor José Gregorio Hernández colgando de mi cuello. Recuerdo que la gente en la U se inquietaba con la imagen cuando la veían asomarse entre mi camisa. Unos sabían quién era el doctor José Gregorio; otros, aunque estaban familiarizados con el rostro, no sabían nada de aquel médico venezolano. Y también había quién me decía que el ahora beato era un espíritu del demonio, como muchos ven a los santos populares que tanto pululan en América Latina.
Mentiría si digo que un hombre devoto del doctor José Gregorio. La estampa en mi pecho era pura irreverencia, pero también un profundo sentido por la manera en que actuamos los latinoamericanos cuando se trata de la fe.
Hoy, José Gregorio es u beato de nuestra Iglesia Católica gracias a la labor del difunto papa Francisco. En todo este proceso burocrático que ha establecido el Vaticano para definir quién es santo y quién beato, se le ha reconocido al Doctor un nuevo milagro y con ello ya hace parte del extensísimo santoral católico. Para la tradición y los creyentes del catolicismo, esta rutina es importante porque beatificar o santificar a una persona es entrar a las grandes ligas, es jugar en la titular con el hijo de Dios. Para mí, la beatificación de José Gregorio está bien como símbolo, pero nada le quita ni le pone a un hombre que se ganó el fervor y las oraciones del pueblo venezolano y latinoamericano por lo que hizo en vida.
José Gregorio Hernández Cisneros fue un niño adelantado para su ambiente. Nació en un pueblo enclavado en las montañas de los Andes venezolanos. De allí salió—a lomo de mula, primero; después, en tren y finalmente por una embarcación en el Caribe— para llegar a Caracas y estudiar la escuela secundaria. Contaba entonces con 13 años, y ya sus maestros veían condiciones excepcionales en el joven provinciano. De la escuela, José Gregorio pasó a estudiar Medicina a la Universidad Central de Venezuela. En la UCV, no solo aprendió a curar a las personas, también aprendió cuatro o cinco idiomas y una vasta cultura humanística y católica. Graduado con honores, regresó a su pueblo, Isnotú, Trujillo, para ayudar a los menesterosos, donde solo estuvo tres años.
José Gregorio, gracias a sus condiciones excepcionales en la medicina, fue llamado por el gobierno de Venezuela para viajar a Francia a profundizar sus conocimientos en medicina. Regresó tres años después para iniciar una carrera como profesor en la UCV y contribuir con su saber médico a aliviar las penas y dolores de los pobres de Caracas.
El médico murió en una calle de esta ciudad luego de ser atropellado por un automóvil. Murió el médico, claro, pero el doctor José Gregorio Hernández siguió curando por medio de la fe a pobres de todo Venezuela que prodigaban oraciones al que desde que estaba en vida era llamado «El Médico de los pobres». De su vida y su proceso de beatificación surgen varias enseñanzas.
La primera es que en América Latina no hay que ser cura para ser santo. De hecho, el santoral latinoamericano está compuesto por un montón de gente que vivió entre la necesidad y el ascetismo. Y esta vida menesterosa hizo que sobre ellos se posara nuestro fervor latinoamericano que pontifica y exalta a las personas cuanto más grande son sus penas y necesidades. Piensen, por ejemplo, en otro santo popular muy cercano a los cordobeses, Santo Domingo Vidal. O piensen en todo el fervor que una figura demasiado humana como Eva Perón despierta en los argentinos. Dos novelas cuentan muy bien sus vidas: «En Chimá nace un santo» de Manuel Zapata Olivella y «Santa Evita» de Tomas Eloy Martínez. Ahí les dejo esas recomendaciones.
La segunda es que, si bien el proceso de beatificación empezó a mediados del siglo XX y fue retomado por el papa Juan Pablo II, es Francisco, el primer papa latinoamericano, el que decide beatificar a un santo popular latinoamericano. Un papa latinoamericano formado en la Teología de la Liberación, para más señas. Y aquí otra vez surge el mensaje de amor y protección de los pobres de nuestra América. ¡Los pobres, ay, los pobres!: esa masa informe que yo tanto pontifico y critico entre mis escritos, pero por los que nunca dejaré de luchar.
El papa que nos vino a recordar que la vida es más que riquezas nos ha dejado a los latinoamericanos un médico beato, uno que definitivamente por muy santo que sea, siempre le vamos a decir doctor: doctor José Gregorio Hernández.





