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Pasear perros, el mal del siglo

Los culpables de la invasión de Venezuela son los que salen a pasear perros en la mañana. Venezuela era insostenible desde hacía varios años, y cuando un país no es viable, la gente toma las armas y se va para el monte. Pero cómo carajos un pueblo va a resolver sus propios problemas si lo que han aprendido es a pasear perros o contabilizar sus kilómetros como runners. Creemos que somos más civilizados por ser más sensibles: cuántos más champús tenga el perro, más buenas personas somos; si, además, criticamos las corralejas y llevamos a Tobby al veterinario, eso nos convierte en levitadores morales. Eso sí, no nos sonrojamos en lo más mínimo cuando nos ponen una penca de carne humeante en el plato.

Una contra Revolución debió fraguarse poco después del cáncer de Chávez, cuando se empezó a notar la incapacidad de Nicolás Maduro para dirigir. Por lo menos, agitar con constancia el orden social de Venezuela. Marchas y más marchas, ejercer presión. Por el contrario, se permitió que Maduro apareciera bailando las tendencias del momento, mientras salíamos corriendo por el Darién.

A Venezuela le hizo falta crecer con la consigna de Alí Primera: los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos. Pero no, no, nos hemos educado en este siglo creyéndonos superiores porque paseamos perritos por la mañana. Y si nuestro perro es más peludo y pequeño que el del vecino, somos mejores que él. Y esta forma de vida tan pueril no es propia de una generación, ha sido el mal de siglo de todos, parece que las ideologías contaminan más rápido a través de las pantallas: paseadores de perro y recogedores de mierda los hay de todas las edades, de todas las generaciones. Temperamentos amainados por peluches andantes no pueden hacer ninguna revolución.

Mientras sigamos así, solo nos queda esperar a los redentores soldados norteamericanos.

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