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Poetas malditos, malditos poetas

En mi juventud leía más que ahora, es cierto, pero qué mal leía. Los caminos de lectura que seguía no eran propios, hoy lo veo. Profesores y conocidos me revelaban una y otra cosa y yo agarraba por ahí, sin pensarlo mucho, admirando y formándome de acuerdo a líneas de lectura que ellos me trazaban.

Cuando el director del taller literario nos presentó la verdadera cara de Gómez Jattin, yo seguí por ahí, descubriendo todo el camino que había detrás de él. Llegué hasta el fondo de la poesía Simbolista. Y en algún lugar leí que las maneras de proceder de estos poetas se emparentaban con la locura de un tal Torquato Tasso. Así que fui hasta allá, hasta lo más hondo de la recomendación.

A Torquato no lo ha leído nadie en estas tierras, porque el único libro que había, escondido en un rincón de una bibliotequita de este departamento, me lo robé yo. Descubrí que Torcuato era una especie de lunático y, en adelante, entendí que ser poeta era desvariar. Iba por muy buen camino si, además, robaba libros de poetas trastornados.

Uno crece, por suerte, y se da cuenta del absurdo. Me duele haberme criado con tanto verso libre. Tanta libertad y no halla uno el ingenio de un buen soneto español del 1600. La poesía hoy, ahora lo veo con más claridad, es un constante palabrerío que intenta organizar un sinsentido a lo Feliciano de Silva, capaz de enloquecer a dos Quijotes.

Desde Torquato Tasso, pasando por Baudelaire y llegando hasta Gómez Jattin, maldigo ya no la vida miserablemente maldita de todos los poetas malditos, sino la de sus seguidores que no llegan a ser verdaderos poetas malditos y solo les alcanza para ser malditos poetas.

No fue la modernidad de la poesía la que surgió en Francia con el Parnasianismo y el Simbolismo, fue el inicio de la decadencia, del postureo del poeta oscuro. Y a los pinches franceses no les bastó con vendernos un modelo de poeta fracasado, no les bastó con el poeta, sino que también se inventaron al profeta: los Derridá, los Foucault, los Lacan, los Lévi-Strauss que nos tienen navegando en un maremágnum ideológico del que nos salvaría solamente la primera y última guerra nuclear.

Empecemos por algo: propongo olvidarnos de ese tal Gómez Jattin que veneran en Cereté. Qué aburrido escuchar recitar una y otra vez ese mango de puerco oloroso que ya no tiene nada de genuino. No es por Raúl que debieran empezar los poetas jóvenes de Córdoba, es por Sor Juana, Quevedo, Góngora. Es, sobre todo, por un manual de métrica española que les enseñe a los nuevos poetas que la poesía no es solo la haraganería del verso libre como bien lo dice Víctor Moreno. Que de una vez por todas cuenten las sílabas de un verso para que aprendan de cadencia y ritmo, y no anden por ahí con sus imágenes confusas saltando en arrítmicas prosas cortadas y enrevesadas para dárselas de incomprendidos.

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