Es falsa la creencia de que no se puede escribir en la felicidad. Es sólo un invento de los poetas románticos o, lo que es lo mismo, de los perfectos cornudos. Para escribir es necesaria la voluntad de sacar el tiempo para perderlo. En la literatura, una vez lo dijo Borges, prevalece la nadería. ¿Eres capaz, escritor que te estrenas, de regalar tu tiempo en una lucha perniciosa de pensamientos, letras y sentires? Una lucha que probablemente no te dará dinero ni sexo porque, debes saberlo, nadie se enamora con poemas.
Y ya que hablamos del mundo literario (en este siglo ya es un submundo), hablemos de algunos especímenes que deambulan en él. Los principales son aquellos que producen cosas de calidad, que son los menos; y los que leen y saben apreciar la escritura de calidad, estos son unos tantos más. Pero surgen, también, las alimañas que pululan en las alcantarillas, ¿cómo llamar a los que viven en el submundo del submundo? Soterrados como ellos solos, aparecen los que publican mucho y con poca calidad. Se caracterizan por imitar a los primeros. Sus libros se reparten entre sus amigos. Y suelen ser fastidiosamente ególatras.
Sin embargo, no son tan detestables como los otros habitantes de las cloacas. Ellos son los improductivos. Los que, al igual que los anteriores, adoptan la pose de intelectuales. Suelen ser lectores por abundancia, pero no por pericia. Parlanchines monologantes y golosos de memoria bibliográfica. En su infancia no lograron hacer los ensayos que mandó el profe de lengua y se refugian en la idea de que todo está dicho. Se sienten inseguros en la escritura como el que folla por vez primera. Pero eso sí, destruyen a Balzac, a Dostoievski y a Joyce antes de acabarse una cerveza.




